Borges, Adolfo Bioy Casares | Eloy Santos
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Eloy Santos   
 
Borges, Adolfo Bioy Casares | Eloy Santos
Jorges Luis Borges et Adolfo Bioy Casares

De índole púdica y reservada, Jorges Luis Borges habría probablemente desaprobado la publicación de estos diarios, de los que es ininterrumpido protagonista. Su autor, el novelista Adolfo Bioy Casares (1914-1999) mantuvo una duradera amistad con él, y fue cómplice de memorables aventuras literarias, concebidas y redactadas a cuatro manos. Este larga crónica (el volumen consta de más de 1600 páginas) se extiende desde 1947, año en que Bioy da por primera vez entrada a Borges en sus diarios, hasta 1986, año de la muerte de este último en Ginebra. Así pues, durante casi cuarenta años Bioy mantiene, día a día, una ventana abierta al quehacer humano y creativo de uno de los grandes iconos de la literatura del siglo XX. En ellos se preocupa menos de retratar o interpretar a su admirado amigo que de observar minuciosamente gestos, anécdotas y conversaciones, lo que depara a sus lectores el privilegio de participar, entre otras cosas, en una vertiginosa lección de literatura. La reconocida agudeza intelectual de Borges, su ironía fulminante, a media distancia entre la erudición luminosa y la ingenuidad, provocan una hilaridad incesante, y renuevan la curiosidad y la pasión por esa extraña función imaginativa y lúdica del lenguaje que llamamos literatura.
En uno de sus más celebrados relatos fantásticos, Borges imagina la existencia del Aleph, un punto del espacio que contiene simultáneamente todos los lugares del universo. La vastedad de su empresa creativa y de su visión han situado su obra en el centro imaginario en que convergen las grandes invenciones tramadas por las lenguas de los hombres. Homero, las Eddas, los místicos sufíes, Shakespeare y Cervantes, los tratados bíblicos, la novela policial y la Cábala, todo tiene cabida en estos diarios conversados. Y también, con significativa frecuencia, aquellos anónimos fabulistas que en los descampados de Asia, junto al fuego de una hoguera, entretenían las noches de los caravaneros a cambio de unas monedas, y cuyas narraciones han confluido en las infinitas Mil y una noches. De su maestría inagotable en el arte oral, Borges se muestra digno heredero en estas páginas.

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Borges, Adolfo Bioy Casares | Eloy Santos
Jorges Luis Borges
Borges, Adolfo Bioy Casares
(Edición al cuidado de Daniel Martino)
Ediciones Destino, Barcelona, 2006

He aquí algunos fragmentos extraídos del volumen:
BORGES: «Uno cree que ha de haber muchos libros como Las mil y una noches, pero no los hay. Los buenos libros han de venir al fin de las literaturas: son la destilación de muchos libros anteriores, de muchas literaturas. Ha de haber habido muchos libros de viajes para llegar a Simbad».

Vamos a tomar el té a casa. Un chico, que juega al fútbol en la calle, al ver que su pelota corre debajo de mi automóvil, grita: «Adiós, pelota». Borges comenta: «Adiós, pelota: toda la ternura y la poesía que hay en esa frase». BIOY: «Así es fácil hacer poesía. La palabra pelota es irrefutable».

“Borges observa que nada produce tanta desazón (y aun repugnancia) como lo que se siente que es falso. Hablando de no sé qué libro dice que era como un paisaje de kilómetros y kilómetros de carton-pierre y de telones; agrega que a veces interrumpe la lectura de libros así, de miedo de que le traigan mala suerte.”
Borges, Adolfo Bioy Casares | Eloy Santos
Adolfo Bioy Casares
Habla de la Facultad. En un examen una chica reconoció que no sabía quién era Homero, pero identificó a Aquiles como rey de los Hunos. BORGES: «Son los errores que Joyce trataba de cometer».

Afirma que al ir conociendo a profesores uno va descubriendo lo ignorantes que son: «Los grandes especialistas son un mito. Lo que hay es una sociedad internacional de socorros mutuos, una conspiración amistosa de profesores que se cartean, se mandan libros y se invitan».

Le pregunto si cree que puede hacerse algo con la idea de una persona muy competente en una actividad superior y que la abandona para dedicarse (como quien por fin descubre su vocación íntima) a una actividad inferior y un poco ridícula; sin responderme, mira el vacío en silencio, con honda tristeza.

Me cuenta que, al cruzar la calle Piedras, casi lo pisa un ómnibus; levantó la vista y leyó un enorme letrero: Vicente P. Cacuri. Dice: «Qué raro si lo último que hubiese pensado antes de morir hubiera sido Vicente P. Cacuri. Nadie lo hubiera sabido». Eloy Santos
(06/04/2007)
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