Sumar, sumar siempre, y no restar | Juan Goytisolo
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Juan Goytisolo   
  Sumar, sumar siempre, y no restar | Juan Goytisolo A los tambores de guerra con que el presidente Bush y sus acólitos atronaban nuestros oídos han sucedido imágenes de destrucción y luego de caos, consecutivas al derrumbe aparatoso del Estado matón. El impuesto por Sadam Husein a su pueblo era un ejemplo extremo del mismo, pero el precio pagado por la “acción liberadora” y sus “daños colaterales” resulta difícil de evaluar en términos políticos, sociales, económicos y culturales. La caída del tirano arrastró consigo a millares de víctimas, puso al desnudo los enfrentamientos religiosos y étnicos de la compleja y abigarrada sociedad iraquí y muestra que alcanzar la paz es infinitamente más difícil que ganar una campaña militar como la llevada a cabo en apenas tres semanas. La guerra ilegítima de un presidente ilegítimo no ha alcanzado ni probablemente alcanzará sus proclamados objetivos: ni el hallazgo de las famosas armas de destrucción masiva ni el establecimiento de una democracia en Bagdad.
Las reacciones de la calle árabe a esta guerra moralmente indefendible fueron a la vez profundas y resignadas. Profundas, como lo habrían sido en todo el ámbito de la lengua y cultura hispánicas si, con la misma lógica imperial de la fuerza, la maquinaria bélica estadounidense hubiese arrojado millares de misiles, artefactos inteligentes y esa “madre de todas las bombas” sobre La Habana, Santiago de Cuba, Cienfuegos y Pinar del Río para desalojar a Fidel Castro del poder y asentar las bases de una deseable democracia cubana. Como en tiempos del colonialismo, la sangre enrojece la calle árabe. A fuerza de reiteración (¡desde 1967!), las imágenes de brutalidad y despojo en Cisjordania y Gaza han perdido su impacto y entran en el orden de lo consabido. Nada sorprende ya tratándose de Oriente Próximo ni de sus recursos energéticos. La petrocruzada de Bush hijo repite, con una tecnología devastadora diez veces superior, la emprendida por su padre en la Guerra del Golfo. ¡El “Dios bondadoso” invocado por ambos habrá brindado con champaña californiano sus victorias por fuera de combate!
Vivimos en un mundo en el que los apetitos de dominación política y económica se revisten como antaño con el lenguaje de los teólogos. Las invocaciones de Ben Laden y los suyos a Alá suscitan, como los ladridos de un perro en la noche, las de los cristianos renacidos al Dios que bendice a América en los billetes de dólar. Cuanto ha acaecido desde el 11-S no hubiera sido posible sin la escatología vengadora y sangrienta con la que se condena a los impíos, opuestos en cada caso pero igualados por su maldad intrínseca.
La demonización del islam a lo largo de más de trece siglos explica la naturalidad con que desempeña el papel de malo tras el final de la guerra fría y el desplome del comunismo. Como escribía un observador agudo en plena campaña del Rif, “toda guerra, para ser bien entendida, erige una oficina de propaganda. Las dilatadas guerras entre cristianos y moros por el dominio de la Península suscitaron en el campo cristiano una legión propagandística descomunal”. La oficina de propaganda —que tan bien funcionó en el último medio año— debe ser vista así como una de las numerosas variantes históricas de la islamofobia. Los Estados musulmanes, primero temidos, después derrotados y por fin sometidos, no perdieron nunca del todo su aureola fascinadora y maligna. Avasallados, mas no dominados, siguieron siendo en palabras de Hicham Djaït “este vecino a la vez próximo e inasimilable” de la periferia europea desde el día en que recobraron la independencia y se integraron en los organismos internacionales.
Lo que podría haber dado paso a una normalización paulatina entre Occidente (con todas sus diferencias y matices) y el islam (tan diverso como aquél) fracasó por una serie de causas internas y externas, debidas a las especificidades del último. Los nuevos Estados independientes mantuvieron las estructuras jerárquicas del colonizador, manipularon la religión al servicio del poder, ahogaron los esfuerzos de reflexión política y las iniciativas modernizadoras de la frágil sociedad civil. Las antiguas metrópolis y el emergente poder imperial norteamericano contribuyeron de forma decisiva al mantenimiento del statu quo: esto es, al abuso del poder, la ignorancia y atraso. Las enormes reservas energéticas de Oriente Próximo sirvieron de moneda de cambio. El wahabismo extendió su radio de acción, sin que su rigorismo teocrático y rechazo de las normas democráticas escandalizaran a nadie en la medida en que andaban negocios de por medio.
Las primeras voces de alarma se alzaron durante la guerra egipcio-israelí de 1973 y la subida subsiguiente de los precios del crudo (la única arma en manos de los árabes, que no se ha vuelto a emplear después). La llegada de inmigrantes de origen musulmán comenzó a ser vista desde entonces como una potencial amenaza, la quinta columna de la que habla Le Pen (a mediados de los setenta, la prensa sensacionalista francesa recurría ya a imágenes del tipo “la marea negra islámica”). Simultáneamente, el fracaso del nacionalismo supuestamente revolucionario encarnado por Naser y Bumedián, y el carácter patrimonial de la dictadura del Baaz en Irak y Siria, abrían las puertas a una alternativa fundada en el discurso religioso y la imposición de la sharía, alternativa sufragada generosamente con dinero saudí. El sobresalto causado por la Revolución iraní y su discurso antinorteamericano, sumada a los demás elementos, creaban así la atmósfera propicia al enfrentamiento: el que Huntington denominaría más tarde “choque de civilizaciones”. De dos civilizaciones si aceptamos el reductivismo que dicha palabra implica: la de Occidente (en realidad, la vocación neoimperial de Estados Unidos) y la del Islam (no el teocrático pero socio ineludible en la explotación de hidrocarburos, sino el que apuntaba con el dedo al Gran Satán). Ni India, ni Japón, ni siquiera la China teóricamente comunista entran por ahora en el cuadro.
Sería ocioso evocar la complicidad occidental con la monarquía saudí y los virreinatos del Golfo, pese a su atropello de los derechos humanos y su abominable discriminación de la mujer; el apoyo criminal a Sadam Husein en la mortífera guerra de agresión al Irán de los ayatolás; el sostén incondicional a Israel en su ocupación ilegal de Gaza y Cisjordania; la ayuda a la yihad de los talibán contra el régimen prosoviético de Kabul… Una historia muy poco digna de encomio que los promotores de la operación Libertad para Irak fingen olvidar.
La caída de la URSS y la batalla por el control de los recursos energéticos propiciaron, como dije, el retorno de la antigua imagen mediante una modernizada y omnipresente oficina de propaganda: la de un islam revestido de todos los atributos del fanatismo y ansioso de vengarse de la ocupación humillante de Palestina y del servilismo de la mayoría de los gobiernos árabes ante el poder económico, político y militar de Estados Unidos. La llamada tempestad en el desierto reforzó aún esa visión antagónica: un pueblo inocente fue castigado sin piedad por la barbarie e insensatez estratégica de un dictador, y éste siguió en su puesto después del desastre y se ensañó con su propia población, alentada a sublevarse por Bush padre y abandonada luego a su suerte. En el debate posterior sobre la guerra se escamotearon no obstante las palabras esenciales: petróleo y sangre.
La carnicería del 11-S y el secuestro de la Administración norteamericana por los extremistas neoconservadores han resucitado las querellas teológicas del Medioevo. Al Gran Satán de los ayatolás (cuya fuerza imantadora ha descaecido bastante, pues la lozana sociedad civil iraní quiere zafarse de ellos) y el llamamiento a la yihad de Ben Laden y la nebulosa de grupos terroristas, los televangelistas y consejeros áulicos de Bush oponen su retórica religiosa y patriótica en torno al eje del mal. Fundamentalismos enfrentados a los que se añade otro de nuevo cuño; el de la tecnociencia al servicio del complejo militar-industrial estadounidense.
En los últimos meses hemos sido testigos no sólo de la gran estafa sobre la amenaza bacteriológica o nuclear iraquí —estafa verificada in situ tras la ocupación del país— sino también de la ceremonia de la confusión creada por el mal uso de los términos manejados por algunos medios informativos y su repercusión en nuestra sociedad. Mientras que en España conocemos muy bien las diferencias existentes entre vasco, nacionalista y etarra, algunos nostálgicos del antisemitismo mezclan adrede los términos de judío, israelí y extremista religioso partidario de Sharon, y muchísimos más los de musulmán, islamista y terrorista. Pues si por fortuna el antisemitismo es hoy en España marginal y minoritario, el sentimiento antiárabe y en general antimusulmán forma parte, como señaló recientemente Lluis Bassets, del lenguaje políticamente correcto de la derecha aznariana.
La aversión al moro que se manifiesta en la calle y en algunos medios de comunicación, especialmente en las tertulias radiofónicas (recuerdo particularmente una, con llamadas insultantes de radioescuchas, durante el episodio esperpéntico de la ocupación del islote de Perejil), reactualiza la “ignorancia de la imaginación triunfante” de la que hablaba Robert Southern hace medio siglo. Se toma el todo por la parte: el estereotipo cubre la realidad y acaba por suplantarla. El lenguaje de Aznar y sus ministros sobre el “terrorismo internacional” mezcla capachos con berzas: desrealiza la tragedia interminable del pueblo palestino, el genocidio en Chechenia… Para el presidente del Gobierno las situaciones que provocan el terrorismo no cuentan, con lo que equipara de forma absurda la situación reinante en Grozni o en Gaza con la de Vitoria o San Sebastián.
El fatídico engranaje de violencia —atentado, represión, nuevo atentado— del ejército israelí y los muyaidín palestinos se ha extendido desde el once de septiembre a la mitad del planeta. Los sentimientos de inseguridad y vulnerabilidad del pueblo norteamericano, cuidadosamente entretenidos con alarma naranja y simulacros de ataques suicidas, son el mejor instrumento de una política fundada primordialmente en la seguridad. La gigantesca maquinaria de propaganda patriótica o, si se quiere, de venta del terror al terror justificará aún, mucho me temo, intervenciones militares contundentes en países sospechosos de colaboración con Al Qaeda independientemente del hecho de que esta sea cierta o no. Los medios informativos mostrarán más y más imágenes de barbudos y charcos de sangre, pues la oficina de propaganda los necesita. A corto plazo, la táctica será rentable: contribuye eficazmente a la reelección de Bush.
Dicho esto, la responsabilidad del mundo islámico en su doble papel de verdugo y víctima no pueden eludirse. El abismo que separa a los pueblos árabes de sus gobiernos, la corrupción e incompetencia de éstos y el peso opresor de unas tradiciones retrógradas sobre aquéllos son el caldo de cultivo de un islamismo radical del que se nutre una constelación de grupos terroristas como el que ha perpetrado los atentados de Casablanca. Una política de represión puramente policial no acabará con ellos ni la almáciga de candidatos al suicidio. Lo importante es calar en las raíces de un idealismo pervertido que conduce a unos jóvenes sin futuro a autoinmolarse y a matar a docenas de civiles inocentes en nombre del islam. Si palestinos y chechenos pueden invocar la yihad contra objetivos militares en razón de la ocupación brutal de sus tierras (desde tiempos de Napoleón, la guerrilla a la española es el arma de los débiles, y quienes son terroristas para unos son mártires y héroes para otros, como sucedió durante la guerra de liberación de Argelia y con los grupos armados sionistas bajo el mandato británico, antes de la creación del Estado de Israel), el nuevo terrorismo instrumentaliza las frustraciones y falta de perspectivas profesionales de los jóvenes de los barrios más desfavorecidos al servicio de una utopía religiosa reñida en la práctica con la naturaleza humana. La sociedad basada en un bien y perfección abstractos es pura entelequia y el fracaso de las quimeras y sueños de los dos últimos siglos es buena prueba de ello.
Nos enfrentamos a la paradoja de que si por un lado el islam goza de excelente salud, por otro sufre de una parálisis y anquilosamiento nefastos, como señalan sus pensadores más lúcidos. La excelente salud exterior se manifiesta en su constante propagación por Asia, África e incluso por el ámbito de la Unión Europea en un momento en que la fe religiosa descaece en una gran parte de la Cristiandad: es en muchas zonas la religión de los excluidos. Mas la parálisis y anquilosamientos internos son también innegables. El estancamiento social, económico y cultural de las sociedades árabes no necesita ser demostrado. La manipulación de la religión desde el Magreb al Golfo Pérsico, la corrupción de la Administración, el enriquecimiento desmesurado de unos pocos y la marginación de los más suscitan reacciones calenturientas y viscerales que deben ser corregidas por la razón. El porqué de tanta acumulada desdicha y atraso habrá de ser analizado con serenidad en vez de resignarse a ellos como a una realidad ineluctable.
Hace una docena de años escribí sobre la que denominaba “Europa del miedo” un artículo titulado “¿Fortaleza o ejido?” (en aquel momento ignoraba el significado que esta última palabra cobraría más tarde). Hoy, cuando la libre circulación de las personas del sur al norte del Mediterráneo tropieza con crecientes y a veces mortales obstáculos, la involución democrática que afecta a España, junto al recurso a los hontanares nacionalistas y patrióticos e invocación a las raíces cristianas por parte de Juan Pablo II, se conjugan para que la deseable apertura europea al Este se acompañe con un blindaje de nuestra frontera sur.
En estos últimos tiempos se habla mucho de insuperables barreras culturales, de diferencias insalvables entre culturas —confundiendo éstas con tradiciones y costumbres superpuestas a ellas—, y escuchamos así, en boca de portavoces del actual Gobierno, que conviene favorecer las inmigraciones “culturalmente afines”. Pero no se nos aclara lo que se entiende por afinidad cultural: ¿la lengua, la religión, el pasado histórico, una mezcla de todo ello? Conforme a estos defensores de una Europa homogénea, nos enfrentamos a la amenaza de una invasión solapada procedente de África y Asia. La palabra religión —referida al islam y los musulmanes— es omitida por razones de conveniencia política y substituida por “cultura” a secas.
Ahora bien, si seguimos al pie de la letra dicho razonamiento, Lituania o Bulgaria ¿nos son más afines culturalmente que Marruecos? ¿Hay una historia común letono-española? ¿Convivieron en la Península durante diez siglos cristianos españoles y polacos? ¿Fueron la mezquita de Córdoba, la Giralda y la Alhambra obra de alarifes rumanos? ¿Hay en nuestra lengua miles de vocablos de origen eslovaco? ¿Hubo en Toledo una Escuela de Traductores de checo?
La falsedad e hipocresía de semejante argumento se revelan al menor examen. En el momento en que la historiografía europea revisa sus planteamientos y analiza la ruptura deliberada del Renacimiento con un pasado común de trasvases, influencias y contactos entre las dos orillas del Mediterráneo, los paladines de una Europa exclusivamente cristiana se cierran a cal y canto a las evidencias de la historia. Todo ello sin olvidar que quince millones de europeos e inmigrantes de origen musulmán conviven con nosotros desde hace décadas y, salvo en casos muy excepcionales, no plantean ningún problema.
La Unión Europea puede y debe regular los flujos migratorios en función de sus necesidades laborales, pero sin discriminación alguna: reemplazar a los recolectores de fresa magrebíes allí presentes por trabajadoras traídas de Ucrania, como sucedió en Huelva, no obedece a una lógica económica sino racista. El desdén por nuestros vecinos del sur se funda en la ignorancia profunda de las raíces que compartimos con ellos. En el marco de la Unión Europea, la religión debe ser un asunto privado de cada individuo. Éste, la practicará libremente en su casa y respetará fuera de ella las leyes vigentes en el país de acogida. El pañuelo (abusivamente llamado velo) pertenece a la esfera familiar y el Estado laico tiene derecho a excluirlo de la escuela pública.
El ejercicio profiláctico de la autocrítica que, con diversos matices, se desenvuelve en el espacio del islam europeo puede ser decisivo en la renovación del mismo y en la adaptación paulatina por los millones de musulmanes que lo habitan a los valores democráticos de las sociedades de acogida, sin que ello no obste para la práctica de su religión. La libre interpretación de las Escrituras fue un hito esencial en el camino de Europa hacia la modernidad. La ixtihad puede obrar en el mismo sentido. Evocar, como suele hacerse, el pasado glorioso de Bagdad o Al Ándalus es un pobre consuelo a la desgracia y miseria del presente. Los países árabes y en primer lugar sus élites intelectuales han de mirar al futuro, aprender de otras culturas lo que merece ser aprendido y preparar los cambios sociales, económicos y culturales que les permitan encararse a los desafíos del presente en vez de llorar estérilmente por su esplendor extinto.
Sumar, sumar siempre; y no restar. Los ejercicios de nostalgia de un periodo mítico son la coartada más fácil del inmovilismo. Juan Goytisolo
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