Carta a Europa | Radwa Ashour
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Radwa Ashour   
  Carta a Europa | Radwa Ashour Comenzaré por plantear algunas consideraciones que tal vez contribuyan a perfilar el sentido de esta carta.
La primera de ellas es que escribo desde Egipto. Es decir, desde un país africano, situado en la ribera sur del Mediterráneo, conectado con la costa norte desde épocas remotas por el paso de caravanas y barcos que transportaban mercaderes, viajeros, peregrinos, ideas y potencias invasoras. Ese intercambio fue tomando la forma de un toma y daca, a veces por la fuerza, a veces por la seducción, unas por la guerra y otras por la paz.
La segunda consideración es que escribo esta carta (que leeréis traducida) en la lengua de los árabes. Una lengua hablada desde antiguo, que traslada la experiencia de una comunidad cuyas raíces y ramificaciones se extienden desde el Atlántico - desde Mauritania y Marruecos- hasta el Golfo Pérsico, al oriente de la Península Arábiga; desde la cordillera del Tauro, en Asia Menor, hasta el corazón del África negra, en Sudán, Somalia y Yibuti. El árabe es la lengua mayoritaria entre los habitantes de este vasto rincón de la Tierra. Es ella la que sirve de vehículo a sus relatos, a su cultura y a sus experiencias, empapada hoy de cierta tristeza mezclada con la conciencia de los logros de antaño, que llenan el espíritu de orgullo; y también de confusión ante el presente y sus derrotas, su represión y humillaciones.
La tercera consideración es que escribo esta carta siendo absolutamente consciente de la fecha en que se escribe: el comienzo de un nuevo milenio en el que los Estados Unidos de Norteamérica pretenden dominar el mundo y consolidar su existencia como imperio omnipotente, monopolizador de los criterios legales y morales que rigen la vida en el planeta. En ese afán dominador, los Estados Unidos han concedido una relevancia particular a los países árabes y musulmanes, contra los que han lanzado dos guerras consecutivas en dos años (Afganistán y, después, Irak) empleando en ellas las últimas innovaciones que la mente humana ha alcanzado en cuanto a armamento de destrucción parcial y masiva. Esto sin contar una tercera guerra, continua, en la que no se han embarcado de forma directa, pero que sí han impulsado material y espiritualmente. Me refiero a la guerra a la que Israel –con el apoyo estadounidense- somete de modo sistemático al pueblo palestino. Tales conflagraciones se ven reforzadas por una guerra mediática, intensa y de largo alcance, basada en una mixtificación de la imagen de los árabes y musulmanes, a los que presenta como “el enemigo”: es decir, el enemigo por antonomasia de la civilización humana.
Y en la vorágine de esta expansión militar, política y económica, los Estados Unidos han incluido a Europa en su visión arrogante y desdeñosa de los pueblos del mundo. Así, han dado en llamarla “la vieja Europa”, con un adjetivo ambivalente que denota, por un lado, antigüedad, caducidad; y por otro, vejez, una debilidad del cuerpo y de la mente que no permite ya actuar correcta y ponderadamente. En ambas acepciones se sugiere que el momento de Europa ha concluido para dejar paso a la época del nuevo imperio, gendarme del mundo y generador de normas y criterios. Carta a Europa | Radwa Ashour Escribo igualmente teniendo al fondo la imagen de decenas de millones de personas que en todo el mundo –y sobre todo en Europa- salieron a la calle para pedir que se detuviera la guerra, para reclamar un mundo menos brutal, un mundo que se acercara –aunque sea como mera aspiración- a lo que corresponde a los humanos. Esos millones de personas que se echaron a la calle en Londres, París, Madrid, Roma, Atenas y otras capitales y ciudades europeas aprendieron una lección en dos guerras mundiales que les costaron millones de muertos y una destrucción espantosa que transformó por completo el aspecto de sus ciudades. Aprendieron también de las miserias de la vida diaria, de la fealdad, de la crueldad y del yugo de la explotación capitalista (aunque ahora se llame globalización y nuevo orden mundial).
Esta última precisión plantea la complicación fundamental de esta carta dirigida a Europa: ¿A quién dirigirla dentro de Europa? ¿A Europa entera con todo lo que tiene de bueno y de malo? ¿A la Europa de los grandes logros de los escritores, artistas, científicos en los ámbitos del pensamiento, la estética, los descubrimientos y la técnica? ¿A la Europa cuyos pueblos llevaron adelante revoluciones y resistencias? ¿O a la Europa de tradición colonizadora, cuyos escritores y científicos incubaron el racismo y el nazismo como doctrina y como práctica?
Cuarta y última consideración. Esta carta parte de la conciencia sutil y perfecta de nuestra responsabilidad común ante el planeta que nos sostiene a todos y al que sostenemos: una esfera delicada, pequeña y amenazada. A nosotros nos toca elegir entre conservarla o destruirla.
Quizás el alargar tanto los preliminares haya sido –por mi parte- un intento de arropar la inquietud enorme que ha provocado la violencia material y anímica a la que los árabes estamos sometidos a diario: el bombardeo de las ciudades, los asedios, la humillación de las gentes, la destrucción de las viviendas, la tala de árboles y la gestación de generaciones futuras heridas por la guerra, inválidas, víctimas de enfermedades perniciosas; los medios de comunicación que retratan al muerto como verdugo, a la víctima como a una fiera, etc, etc. Todo eso nos ocurre a diario en Palestina y en Irak. ¿Qué violencia es esta? ¿Cómo podría una persona razonar objetivamente sometida cada día, cada hora, a semejante carga de violencia?
De la invasión colonizadora de antaño con sus consecuencias y de la invasión de hoy con su maquinaria bélica y su arsenal ideológico somos nosotros quienes soportamos la carga mayor. No se nos deja lugar para el sosiego, no hay tribuna desde la que expresarse en medio del fragor de la violencia física y mental, de sus vapores asfixiantes. En guerra por todos los frentes, ¿cómo sería posible un pensamiento libre y sensato?
Y a pesar de todo, soy capaz de mirar más allá de los campos de batalla para comprender y estar segura de que vivimos en un único y pequeño planeta en el que nos une nuestro destino humano común y la necesidad que tenemos los unos de los otros. No nos cabe sino permanecer unidos y ser indulgentes para mantenernos y poder mantener el planeta.
Aspiramos a un poco de justicia, aspiramos a la igualdad, a un diálogo entre iguales para poder trabajar juntos por un planeta seguro.
Durante siglos hemos vivido en el puesto de “hombre invisible”, del criado al que sus amos no reconocen más que la misión de servir y los conocimientos necesarios para seguir esclavizándolo. La invisibilidad es violencia, y también maldad. Hay en ella una negación despótica de la humanidad del otro. Es una bomba de relojería que amenaza a ambas partes. El diálogo, el acercarse en un plano de igualdad, implica la presencia de dos partes; cada una con su experiencia y su especificidad, con su saber y su mirada. Quiero decir, cada uno con su bagaje histórico al completo, que constituye su forma de relación con la esencia histórica y su significado dentro de ésta. No es posible el diálogo entre el visible y el invisible, entre el que está y el que no, entre el amo armado de ceguera y el denigrado e ignorado, aquel a quien no se tiene en cuenta.
Debemos reconocer que la violencia material e intelectual, que enlaza con los siglos de dominación colonial europea y que ahora se mezcla con la experiencia migratoria de los hijos e hijas de los antes colonizados -hoy trabajadores o refugiados en los países europeos- nos sitúa ante dificultades nada desdeñables. Las complicaciones de hoy se acumulan sobre las antiguas asestando cada día heridas nuevas sobre las heridas de antaño. Son dificultades que exigen a Europa en primer lugar un esfuerzo porque sigue arrastrando, amarrado al cuello, el baldón de su pasado colonial como el albatros muerto de la Balada del viejo marino de Coleridge. Los emigrantes, hijos de las colonias, no son los peces del buen Santiago de El viejo y el mar, obra en la que Santiago los llama “hermanos míos” mientras se ve abocado a pescarlos y alimentarse de ellos para vivir. Como el mundo se ha vuelto conocido, accesible, mestizo y pequeño, hoy sabemos que es Próspero y no Calibán el que come carne humana; y que el casamiento entre Otelos y Desdémonas no es una trasgresión de las reglas del universo, sino de unos principios racistas abominables.
Tanto los hijos e hijas de las colonias residentes en sus respectivos países como aquellos que han emigrado a estados europeos han dado un paso sorprendente hacia Europa. Aprendieron sus lenguas, convivieron con sus culturas, se hicieron eco de sus artes, se mezclaron sin objeciones, tomaron y dieron, fueron útiles y sacaron provecho. Y sin embargo Europa –en su mayor parte- no reaccionó más que en el marco de un orientalismo sospechoso, o de un exotismo que colocaba al otro en el lugar del fenómeno de feria exhibido en una jaula; o de un primitivismo que enriquecía a un artista determinado a través de un cuadro o de una escultura. Pocos han sido los que han querido conocernos por nosotros mismos. ¿Mencionaré por ejemplo a Louis Aragon, el gran poeta francés que a finales de los cincuenta, queriendo proclamar su adhesión a la revolución argelina, se volcó hacia la tradición de los árabes y musulmanes, conoció su historia, la obra de sus poetas y filósofos, sus relatos de amor y sus leyendas hasta llegar a producir un texto tan bello como “Le fou d’Elsa”? El ejemplo de Aragon entre los escritores que se acercaron confiados al otro, esforzándose por verlo, sigue siendo una excepción singular que, lejos de negar la regla, la confirma. Carta a Europa | Radwa Ashour Invitamos a la vieja Europa (y no utilizo aquí la expresión en el sentido que le dio el responsable de la Administración americana sino, por el contrario, en el sentido del saber y la experiencia adquirida y acumulada) a que haga un esfuerzo por participar en un diálogo constructivo con los hijos de las antiguas colonias, con los inmigrantes. La invitamos a que los conozca, a que aprenda alguna de sus lenguas, a que se dé cuenta de que en sus culturas existen valores apreciables, a que se relacione con ellos y se enriquezca con su presencia. En resumen: la invito a que los vea.
Albert Memmi dijo en una ocasión que es la experiencia colonizadora la que moldea al colonizador, la que le da forma, la que hace de él ese ser racista y malvado. Y yo añado a eso que el esfuerzo por un mundo más justo y solidario, en el que reine algo más de justicia e igualdad aportará a Europa conocimientos y experiencias que la enriquecerán a través de las culturas y vivencias de pueblos que jamás le habría sido dado conocer, a través de un conocimiento real, que ni la ceguera del colonizador ni la invisiblidad impuesta al colonizado hayan adulterado, a través de un conocimiento de igual a igual.
Me parece que Europa se halla hoy ante una encrucijada. Se abre ante ella el camino de la alianza con el imperio americano, de la continuidad de su historia colonizadora, de la posibilidad de retomar una relación basada en la explotación económica y en la discriminación racista tanto en las políticas que sostiene con sus antiguas colonias como en el trato que dispensa a los hijos e hijas de aquellas colonias que después emigraron y se integraron en sus sociedades. Existe pues el camino de mantener la esencia de la relación colonizadora: una relación establecida entre el explotador y el explotado, entre la mano de obra y el capital, entre el que dirige y el dirigido, entre el rico y el pobre, entre aquel cuyo discurso dominante es conocido y el ignorado y marginado, el que no tiene voz, el que –siendo invisible- mira al otro, que no lo ve ni tiene ganas de verlo. La otra vía, que conviene al nuevo mileno y al nuevo orden –en el que la Humanidad viviría a la sombra de la justicia y la igualdad- es la vía que surcan hoy en Europa los movimientos antiglobalización, los pacifistas y otros grupos que se oponen a la explotación, al racismo y a la guerra tomando como fundamento las ideas y escritos de autores radicales actuales y del pasado. Esta labor intelectual, cultural y combativa ayuda cada vez más a evitar que el pensamiento imperialista y las relaciones que lo encarnan cundan entre las sociedades europeas. Pero, aun así, sigue existiendo una brecha entre tales movimientos y las potencias dominantes con su correspondiente discurso justificador. No hay mejor prueba que el hecho de los millones de personas que salieron a la calle en Inglaterra, en España, en los Estados Unidos y en Australia, si bien no consiguieron impedir que sus países se adhirieran a la coalición de fuerzas que se lanzó a la guerra contra Irak, sí que nos plantean la posibilidad de un futuro distinto al haber tendido las manos, en señal de amistad, de acercamiento y de colaboración, hacia la construcción de un futuro más humano que a todos nos concierne, engloba y equipara.
En el comienzo de un nuevo milenio, aspiramos a que en Europa cambie la relación con sus hijos inmigrantes, aquellos que emigraron hasta ella , que habitan hoy sus ciudades, que surten sus fábricas de mano de obra, que conducen sus trenes, barren sus calles e incluso (algunos pocos de ellos) producen exquisitas muestras de su literatura, arte e investigaciones científicas, aquellos ante los que tal vez mañana se abran más caminos para hacer realidad las capacidades que encierran sin que importe su sangre ni su clase social.
En su día Europa vino a nosotros, y les dimos la bienvenida con un “ahlan wa-sahlan” (que en árabe significaría, originalmente, “llegasteis como parte de la familia y así os acogimos en casa”). O bien acudimos a Europa sin el miedo de los pobres y el desconcierto de los humillados, sin los prejuicios de quienes se sienten inferiores, de quienes cargan con el dolor de unas heridas que jamás han conseguido cicatrizar; o bien llegamos con la confianza de quien se sabe igual porque da y toma, y convivimos en paz, cercanos, caminando juntos, luchando contra la miseria, el miedo y los peligros que nos acechan a todos en nuestro pequeño y delicado planeta.
En El Cairo, a 1 de septiembre de 2003. © Radwa Ashour
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